Laura insistía e insistía
a su madre para ir. Y su madre siempre le daba largas. Aunque eran
unas largas ocultas, ya que le tenía preparada la sorpresa de que el
día de su cumpleaños, que se aproximaba la llevaría sin pensarlo.
Esa mañana su madre la
despertó con una pequeña tarta con un número encima “9” y le
pidió que la soplara y pidiera un deseo. Acto seguido sacó la
entrada del circo. Laura contentísima abrazó a su madre y se dio el
lujo de saltar encima de su cama, ya que sabía que al ser su
cumpleaños su madre se lo permitiría. Incluso ese día su madre se
subió con ella y saltaron juntas.
Llegó el momento esperado.
Entraron en la gran carpa de color rojizo y todo lo que había dentro
era un mundo distinto. Las personas andaban por los aires, los
animales comían y se sentaban como personas, y así infinitamente
más. Entonces un payaso sonriente se colocó en el centro del
escenario
y empezó a contar que un
momento llegaría su mejor amigo Pitiplím y que le tenía preparadas
unas sorpresas. Cuando su amigo Pitiplím llegó tenía una alargada
cara triste. El primer payaso le preguntó qué le preocupada y acto
seguido le pisó un pie con el gigante zapato, le echó agua en la
cara de una flor y cogió un gran martillo y le dio un golpetazo en
la cabeza. El público sonó un gran estruendo de carcajadas.
Pintiplím lloraba y lloraba con grandes chorros de agua que le
salían de los ojos. Así durante un gran rato el payaso alegre
estuvo haciendo llorar a su amigo con diversos golpes y tomaduras de
pelo.
Cuando salieron del circo la
madre le preguntó a su hija que si lo había pasado bien. Laura no
contestó, andaba cabizbaja. Así durante un buen rato.
-¿Mamá, por qué las
personas somos tan crueles?
-¿ Por qué dices eso?
- No entiendo por qué el
payaso alegre hacía tanto sufrir a Pitiplím, además, al principio
lo presentó como su gran amigo, lo vio triste y en vez de alegrarlo
estuvo hundiéndolo más y más. El pobre Pitiplím sufría y todos
el público se reía a carcajadas. Hasta vi a un señor llorando de
risa. Mamá, se que todo era mentira, que el martillo era de plástico
y que esos zapatos no hacen daño.¿Pero y si fueran reales?- Hizo
una pausa- No entiendo la necesidad y el disfrute de las personas al
ver a otra sufriendo. No lo entiendo.
La madre de Laura miró
adelante y no supo qué contestar.
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